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Si una persona me llega diciendo que no sabe nadar, ¿qué pensaría y le diría?

¿Qué pensaría?

Pensaría que por alguna razón, bien sea falta de oportunidades (hay gente que nunca fue a la playa, p.ej) o una mala experiencia inicial, tuvo miedo al agua.

Creo que, en un ejercicio de empatía, podría imaginarme los miedos de esa persona. Situaciones mentales en las que no se atreve sumergir la cabeza, o teme perder contacto con el suelo, o respira agua, o baja cada vez más profundo y no puede subir, o le ataca algún animal, o le da cualquier tipo de problema físico o mental que le impediría salir del agua.

En definitiva, miedos cuya (sin)razón es procurar la supervivencia del individuo.

Busquemos ejemplos reales de lo que pueden sentir estas personas. Por ejemplo:

ahogarse
Estas personas sienten verdaderamente el pánico. Fuente

La importancia de la primera vez

Y de este otro hilo podemos deducir que si la primera experiencia es negativa y no se supera, degenera en trauma. Algunas frases extraídas:

“mi hijo tenía pasión por el agua y zas, se le echó una ola encima (estando de pie en la orilla de la playa). No le ocurrió nada aparte del remojón y ahora lo que tiene es pánico […] me da una rabia… […] el primer día se le echa la ola y los siguientes no nos dejaba ni a nosotros acercarnos al mar porque lloraba desesperado y gritaba (me imagino que tendría miedo POR nosotros) “

“Mi hijo también cogió miedo a esa edad, por culpa de un cafre que lo hizo tirar desde el borde de la piscina pero no lo cogió y dejó que se hundiera. Hemos tardado años en que vuelva a disfrutar del agua. […] Yo entraba en el agua y él se quedaba en la vera, poco a poco fue metiéndose, a base de jugar con él, ponerle juguetitos, etc. Tardó casi un año en consentir entrar, agarradísimo del cuello, y atravesar la piscina.”

Evidentemente una mala experiencia no es el final de nada, pero ha de gestionarse adecuadamente. Sobretodo en quienes están explorando este mundo al que acaban de llegar: los niños.

Para ellos, la lucha interna es REAL

miedo
¿Podré? ¿y si…?

Volviendo a los mayores, puedo ponerme en la piel de esa persona, tratando de “probar suerte” una vez más (si bien es fácil que acabe saliendo de la situación con la confirmación del autoengaño de que sus miedos son ciertos) acercándose al borde de una piscina o la orilla de una playa, percibiendo cómo sus sentidos se afinan al máximo y el cuerpo entra en tensión ante una situación de peligro o desconocida en su vida.

Esos nervios de saber que estás cerca de algo que le has dado muchas vueltas mentales y ahora se materializa ante ti, poniéndote a prueba. La sensación de riesgo de hacer algo que está prohibido (que está prohibido por ti mismo).

Un peligro del que los demás no sospechan y no pueden percibir el volcán de emociones y pensamientos que siente uno dentro ante lo que tiene enfrente.

También esa sensación como de resignación, como si uno se convenciera de que los demás poseen una cualidad especial o mágica que uno no tiene y que de alguna forma está establecido que es así. Se puede profundizar hasta el infinito en razonamientos cada vez más intrincados, agravando y reforzando para sí mismo cada vez más un enorme desafío al que desde fuera no se le da importancia y supera todo el mundo con relativa facilidad.

¿Qué le diría?

Desde fuera de esa persona, a uno le sale decir:
“pero es que es tan fácil… ¡anda tírate!, ¡verás como no pasa nada!”
Pero claro, eso es lo que decimos cuando somos los que estamos fuera y cuando no se trata de nuestra fobia  ;). El partido parece muy fácil desde las gradas.

Probablemente intentaría insistirle en la cantidad de buenas sensaciones y cosas maravillosas del agua que se está perdiendo esta persona. En lo que se disfruta de la velocidad de impulsarse en el agua y dirigir el movimiento del fluido con el cuerpo, de flotar y hacer el muerto, de hacer volteretas, de sentir casi ingravidez, de que bucear es lo más parecido a volar, de la cantidad de posiciones que se pueden mantener en el agua y no se pueden realizar sobre tierra fácilmente (más mítico que jugar a las patadas de Matrix bajo el agua) de lo refrescante que es… No pararía de pensar y de decirle las cosas buenas que le esperan, pensando que eso podría animarle a conocer esos placeres.

Y también pensaría en decirle que esos miedos que tiene son tonterías porque desde mi posición y experiencia en el agua, aproximadamente NUNCA se hacen realidad. No te atacan animales, ni respiras agua, ni pasa absolutamente nada por no tocar el suelo.

Pero da igual lo que le dijera, esa es mi realidad, no la suya. Para mí nadar no supone ningún esfuerzo porque lo llevo haciendo toda la vida y mis comienzos fueron en un entorno que no me transmitió ningún miedo, inseguridad ni paranoia. Y es importante señalar: me enseñaron a nadar y a disfrutar del agua, con 6 meses.

No aprendí solo, me enseñaron.

Si mis padres no se hubieran preocupado por darme una “educación acuática”, puede que por mi mismo lo hubiera probado sin problemas más adelante o puede que hubiera desarrollado miedos y paranoias como la persona de la primera captura.

Creo que cuantas más cosas dejes al azar, más probabilidad habrá de que salgan mal (el universo tiende al caos, la entropía y tal)

Todo el mundo nada si con pocos años les enseñan correctamente a nadar y a no tener miedo al agua. Sólo una parte nadará por sí mismos si nadie les enseñó a nadar. (Luego además está el caso de los padres que encima dan una “educación hidrofóbica”, transmitiendo a sus hijos miedos que originalmente ni tenían)

Entendiendo el miedo

Ahora vamos a lo práctico. Para salir de esa situación, esta persona tiene que hacer el doble de trabajo del que haría una persona que tampoco sabe nadar porque nunca lo ha hecho pero no tiene ningún miedo (sean mayores o niños).

Y digo el doble de trabajo porque por un lado tendría que deshacerse de sus miedos (destruir) y por otro aprender las técnicas básicas de flotación y desplazamiento por el agua (construir), que después son totalmente mecanizadas y no se piensa en ellas al igual que un surfero no dedica un segundo de su tiempo mental a mantener la estabilidad básica de la tabla o cualquier persona que monta en bici no piensa un segundo en cómo tiene que mantener el equilibrio para no caerse por un costado (tiene totalmente mecanizado cuando tiene que apoyar o no el pie, por ejemplo, como en la flotación se mecaniza cuando debe uno desplazar agua hacia abajo con las manos para mantenerse arriba en la superficie).

Estas cosas tan sencillas a las que parece mentira que se les pueda dedicar un párrafo entero a ellas, son cosas que se mecanizan e interiorizan y que, según un amigo médico y si yo lo he entendido bien, pasamos de realizarlas en el córtex (parte frontal de la cabeza, donde “sentimos” el pensamiento) al cerebelo (parte de atrás de la cabeza).

Cuando uno quiere superar una fobia de algo tan “fácil” que puede hacer todo el mundo (nadar, o por ejemplo, miedo a conducir) invierte muchísimo esfuerzo en comprender y realizar las tareas mecánicas habituales desde su córtex, es decir, como si fueran actividades mentales serias en vez de con el cerebelo, que es donde son más eficientes estas actividades. Esto es normal porque (perdónese mi lenguaje poco técnico) el “traslado” de la actividad de una a otra área del cerebro se produce con el hábito. La novedad se trata en el córtex, lo habitual se trata en el cerebelo. Y si tienes una fobia, el estado de alerta permanente hace que trates todo como novedad mucho más tiempo del que deberías, prolongando el proceso de aprendizaje.

Si, además, no se comprende que todo aprendizaje se basa necesariamente en cometer pequeños errores y estos no se asimilan, se refuerza la fobia.

Pongamos un ejemplo de este último párrafo: estoy aprendiendo a conducir (tratando de mecanizar tareas) y me equivoco y en vez de 3ª meto 4ª.

  • Reacción de persona normal: vaya, ahí no está la 3ª, me trataré de acordar para la próxima 🙂
  • Reacción de una persona con fobia a conducir: ostras me he equivocado, siempre igual, me estoy poniendo nervioso, nunca voy a aprenderme las marchas, no sirvo para esto, mejor que me lleven en coche y ya está, si no hace falta conducir, en verdad se puede vivir usando transporte público ¡y es más ecológico! blablabla…. (nuestro cerebro piensa auténticas estupideces para excusarnos y no afrontar nuestros miedos)

Una metáfora, de la vida misma, que se me ocurrió hace no mucho es:

“Al igual que con las vacunas nos exponemos en pequeñas dosis a los virus para obtener la inmunidad, hay que enfrentarse a los miedos en pequeñas dosis para ser inmune

La mayoría de nuestros miedos son irracionales y nos crean un peligro que no existe para luego tratar de librarnos de él. Son un lastre genético. (artículo muy interesante)

A veces hay que tomarse la vida como un videojuego, perder no es más que volver a comenzar desde el último punto de control 😉

nadar

Comentarios finales

Este texto lo escribí porque tenía miedo. De otra cosa.

A mi me sirvió y lo escribí con la intención de que fuera totalmente amoldable al miedo de cada uno. Sustituye el miedo al agua en este texto por el miedo a cualquier cosa, como el ejemplo de conducir, y probablemente sea igual de válido.

Como colofón, quiero que veas este anuncio.
Es simplemente genial (1,5 minutos)

¿Te ha inspirado? ¿Quieres añadir algo?
🙂

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